Tomar fotos es divertido. Esconderse detrás de esa cajita negra y jugar a inmortalizar pedazos de una efímera realidad es fascinante. Me siento privilegiado al poder ganarme la vida haciendo fotos y trato de aprovechar al máximo cada oportunidad que tengo de conocer gente y tomar su fotografía. Prefiero fotografiar gente por lo fascinante que puede llegar a resultar la imagen congelada de un gesto, una expresión o un movimiento humano. Sea una modelo, un bebé, un mendigo, un anciano, un atleta, un artista, un personaje que apenas se distingue en el fotograma; el resultado único de poder examinar detenidamente una centésima de segundo del movimiento humano es mágico e incomparable.

La Fotografía como Arte está íntimamente ligada a la capacidad del fotógrafo para mantener "vivo" el pedazo de realidad que intenta congelar. Esa es la diferencia entre una bonita foto y otra que mágicamente despierta un sentimiento, desafiando toda explicación lógica. Esta "vida" se extingue rápidamente por lo que hay que estar muy preparado: cámara lista, rollo (o tarjeta) montado, luz medida, etc. Cualquier tipo de toma fotográfica requiere de cierto despliegue técnico. Es importante para un fotógrafo lograr manejar sus equipos intuitivamente para que la fotografía no "muera" entre mediciones de luz y cambio desesperado de lentes. Creo en la economía de medios, muchas de mis fotos favoritas fueron tomadas con un trípode y la luz de una ventana. Me encanta salir a hacer fotos con mi Leica M6 y un lente 50mm, nada más, fotografía pura.

Henri Cartier-Bresson en la TV de mi habitación en Chicago. © rodolfobenítez
 

 

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